«Con nosotros, peregrino de esperanza, guía y compañero de camino hacia la gran meta a la que estamos llamados, el Cielo, el 21 de abril del Año Santo 2025, a las 7.35 horas, mientras la luz de la Pascua iluminaba el segundo día de la Octava, el Lunes de Pascua, el amado Pastor de la Iglesia Francisco pasó de este mundo al Padre. Toda la Comunidad cristiana, especialmente los pobres, alabaron a Dios por el don de su servicio prestado con valentía y fidelidad al Evangelio y a la Esposa mística de Cristo». Así comienza el «rogito» del Papa Francisco; documento que resume el pontificado de cada Papa y con el cual es enterrado.
Vale la pena destacar el hecho de que desde que ascendió al solio de Pedro, el Papa Francisco asombro al mundo con su humildad, pidiendo al mundo que rezara por él y por los frutos de su pontificado. Su actitud sencilla y cercana atrajo la atención de todos los medios de comunicación y la mantuvo durante sus 12 años como Sumo Pontífice de la Iglesia Católica.
La presencia de decenas de delegaciones internacionales y cabezas de estado presentes en su misa fúnebre son testamento de la gran huella que su ministerio pontificio dejo no solo en la Iglesia si no en toda la familia humana. Sus fuertes críticas en contra de la «cultura del descarte», su invitación a cuidar la creación de Dios, su enfoque en dar voz a los que aun hoy día permanecen en las periferias, y su suplica por la paz y el cese de las guerras, hicieron de Francisco una voz profética para el siglo XXI.
El día antes de su funeral tuve la oportunidad de pasar un par de horas en la «capilla ardiente», expresión usada para referirse al espacio en el cual el cuerpo de Francisco estuvo expuesto para la veneración por parte de los fieles. Durante esas horas vi pasar a toda clase de gente: niños, adultos, mayores, adolescentes, personas con discapacidades, cristianos, musulmanes, empleados del Vaticano, cabezas de estado, primeros ministros, etc. Lo que más me impacto fue como el Papa pudo llegar a tocar el corazón, tanto de los que trabajaron junto a él como de los que nunca tuvieron la oportunidad de conocerlo. Sus palabras y sus gestos tenían el poder de encarnar el evangelio de una forma tangible, sencilla, y llena de profundo significado. Era como estar presenciando los frutos de aquella frase con la cual Cristo confía su Iglesia a Pedro: «Apacienta mis ovejas».
La mañana siguiente, junto a dos sacerdotes hermanos de nuestra Diocesis, el Padre Paddy O’Donovan y el Padre John Madrid, pude con-celebrar la misa fúnebre y dar un último adiós al Sucesor de Pedro. Mientras su ataúd era trasladado por miembros de la casa pontificia de la Basílica a la Plaza de San Pedro para la Eucaristía, el pueblo de Dios aplaudía sin cesar, rindiendo tributo y galardonando al Vicario de Cristo con lágrimas emotivas y aplausos. La Eucaristía fue una hermosa expresión de la universalidad de nuestra fe católica. Allí estaba reunido el Cuerpo Místico de Cristo, física y espiritualmente, en torno a Pedro, aquel hombre pecador y sencillo sobre el cual Jesús quiso edificar Su Iglesia. En ese momento me vinieron en mente las palabras del Cardenal George, quien asomado en unos de los balcones de la fachada de San Pedro durante el momento en que Benedicto XVI salió al balcón central por primera vez pensó a si mismo: «A la distancia veo el Circo Máximo, la colina del Palatino, donde vivían los Emperadores Romanos y desde donde miraban con desprecio a los cristianos y los perseguían. Y pienso: ¿Dónde están sus sucesores? ¿Dónde está el sucesor de Cesar Augusto? ¿Dónde está el sucesor de Marcos Aurelio? Y al final, ¿a quién le importa? Pero si quieres ver al Sucesor de Pedro, está al lado mío, sonriendo y saludando a la gente».
En ese momento pensé cuan bendecidos somos de ser católicos. En ese momento, aunque Francisco no sonreía ni saludaba físicamente, sabía que lo hacía desde el balcón del cielo, donde junto a Cristo y san Pedro seguirá velando por la Iglesia y rezando por aquellos que durante doce años rezamos por él.
Requiescat in pace, Francisus.
