A Dios, Francisco

El lunes de la octava de Pascua falleció el único Pontífice Latinoamericano en la historia bimilenaria de la Iglesia Católica. Un hombre sencillo, trabajador, alegre, y con un gran sentido del humor. El hombre que apareció en la logia central de la Basílica de San Pedro en marzo del 2013 ha dejado una huella indeleble en el corazón de millones de personas, tanto creyentes como no creyentes.

Como latinoamericanos su partida no duele aún más, puesto que hemos perdido «uno de los nuestros». Francisco marco un antes y un después en la historia de la Iglesia, personificando las virtudes de su homónimo, Francisco de Asís, cuya vida y testimonio lo inspiraron a escogerlo como patrono y modelo de su pontificado. «No te olvides de los pobres» fueron las palabras de un hermano cardenal en la Capilla Sixtina al finalizar el conclave que elevo a Jorge Mario Bergoglio al solio de Pedro. Fueron palabras que dieron forma al pontificado de Francisco y cuyos frutos se veían resplandecer de manera particular en sus encuentros con los enfermos, los ancianos, los presos, los pobres, los marginados, y todos los que se encontraban en periferias, tanto físicas como existenciales.

Su visita apostólica a los EE.UU. y su discurso a los miembros del Congreso hizo hincapié en la responsabilidad que tenemos de cuidar unos de otros, de reemplazar muros por puentes, de acoger al forastero, y darle de comer al hambriento. Mas reciente aun su carta a los obispos estadounidenses se destacó por su lenguaje sencillo y a la vez directo: un llamado a no sucumbir al miedo ni a ideologías aislacionistas sino más bien a vivir de lleno el papel del Buen Samaritano, libres de cualquier prejuicio que empobrezca nuestra humanidad.

Durante los días previos a su funeral, la plaza de san Pedro ha acogido a miles y miles de fieles que han llegado a la Ciudad Eterna a despedirse del Pontífice y a participar de los rosarios en sufragio por su alma. El cariño, la devoción filial, y el luto han sido palpables, pero también lo ha sido el agradecimiento por los doce años de su pontificado.

Hoy la mejor forma de honrar su legado es practicar lo que con su vida nos enseñó. Su testimonio cristiano, austero y lleno de celo apostólico, constituye su más elocuente discurso. En el podemos ver realizadas las palabras de Francisco de Asís: «predicad el evangelio, usad palabras solo cuando sea necesario».

Hoy no decimos adiós, sino que te encomendamos a Dios, el mismo Dios de misericordia que a tantos hiciste conocer y que «miserando atque eligendo» te asigno como Pastor Supremo de Su rebaño y como Vicario de Su Hijo. Descansa en paz, Francisco.

 

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